Nos encontramos con Rosario Aldunate una mañana de viento suave, en un café frente al mar de Viña del Mar. Llegó puntual, con un cuaderno bajo el brazo y una sonrisa que, según confiesa, «tardó un tiempo en volver».
Durante más de treinta años su rostro entró cada noche en miles de hogares. Fue la voz que comunicó terremotos, elecciones y celebraciones. Pero cuando llegó el día de su despedida, la profesional más serena de la pantalla descubrió que no sabía cómo manejar el silencio. Lo que sigue es una conversación pausada, de casi dos horas, en la que habla sin filtros del miedo a jubilarse, de la pérdida de identidad y de las pequeñas decisiones que la ayudaron a reencontrarse.
Su relato interpela a quienes se acercan al retiro y también a quienes ya lo viven: porque detrás del cargo, del uniforme o de la oficina, todas las personas se hacen las mismas preguntas.
Después de treinta y un años frente a una cámara, ¿cómo fue el primer día de su jubilación?
Fue un martes, y me desperté a las cinco y media de la mañana, como siempre. Me quedé sentada en la cama esperando que sonara una alarma que ya no existía. Durante tres décadas mi cuerpo aprendió a funcionar con horarios de cierre, con reuniones de pauta, con el nervio previo a la emisión. De pronto no había nada de eso, y el silencio de la casa me pareció enorme.
Lo primero que hice fue ordenar los cajones, algo que nunca había tenido tiempo de hacer. Después me di cuenta de que estaba ordenando para no sentir. A las once de la mañana ya había terminado todo y recién ahí apareció la pregunta que me acompañó varios meses: «¿Y ahora qué?».
¿Cuándo apareció la ansiedad y cómo se manifestaba?
Paradójicamente, no apareció el día de la despedida, que fue emocionante y estuvo llena de cariño. Apareció a las tres semanas, cuando se acabaron las llamadas y los mensajes de felicitación. Empecé a despertarme de madrugada con el corazón acelerado, con una opresión en el pecho y una lista interminable de «qué pasaría si». Qué pasaría si no me alcanza la pensión, qué pasaría si nadie me recuerda, qué pasaría si me aburro de mí misma.
Al principio pensé que era cansancio acumulado. Fue mi hermana quien me dijo, con mucho cariño: «Rosario, esto no es cansancio, esto es miedo». Y tenía razón. Ponerle el nombre correcto fue el primer paso para empezar a cuidarme. Dejé de pelear con la sensación y comencé a escucharla.
Usted fue durante años «la voz de las ocho». ¿Cómo vivió la pérdida de esa identidad?
Esa fue, sin duda, la parte más dura. Uno se acostumbra a que lo reconozcan en el supermercado, a que la gente le diga «buenas noches» como si fuera parte de la familia. Sin darme cuenta, yo había construido toda mi identidad alrededor de un rol. Cuando el rol terminó, sentí que me había quedado sin nombre propio.
Con mi terapeuta trabajamos una pregunta muy simple y muy difícil: «¿Quién era Rosario antes del noticiero?». Me acordé de que de niña dibujaba, que me encantaba el mar, que me gustaba escuchar a mi abuela contar historias. Esa niña seguía ahí. Entendí que mi trabajo era una parte importante de mi vida, pero no era toda mi vida. Fue como volver a casa después de un viaje muy largo.

«La estructura es una forma de cariño hacia uno mismo».
¿Qué lugar ocupó la preocupación económica y el tema de la AFP en esos meses?
Un lugar muy grande, y creo que es algo de lo que se habla poco. Uno puede haber tenido una carrera visible y aun así sentir la misma incertidumbre que cualquier persona cuando mira su pensión y empieza a hacer cálculos. Yo sentía vergüenza de sentir esa angustia, como si por haber trabajado en televisión no tuviera derecho a preocuparme.
Lo que me ayudó fue pedir orientación y conversar con otras personas que estaban en lo mismo. Descubrí que casi todas teníamos las mismas dudas y que compartirlas le quitaba peso al miedo. Aprendí a hacer un presupuesto realista, a distinguir lo urgente de lo imaginado y a aceptar que la tranquilidad no depende solo de una cifra, sino también de cómo uno organiza su vida.
¿Qué herramientas concretas le sirvieron para enfrentar la ansiedad?
Primero, una rutina con sentido. No una rutina rígida, sino un esqueleto de día: caminar por la costanera en Viña del Mar a las ocho, desayunar sin apuro, escribir una hora, almorzar con alguien al menos tres veces por semana. Saber qué viene después me da calma. La estructura es una forma de cariño hacia uno mismo.
Segundo, la respiración. Suena simple, pero cuando me despertaba a las tres de la mañana, aprendí a contar cuatro tiempos al inhalar y seis al exhalar, hasta que el corazón volvía a su lugar. Tercero, escribir. Un cuaderno al lado de la cama, donde anoto lo que me preocupa para que no se quede dando vueltas en la cabeza. Y cuarto, pedir ayuda profesional sin sentir que eso era una derrota. Fue una de las mejores decisiones que tomé.
¿Cómo cambiaron sus relaciones con la familia y las amistades?
Cambiaron para bien, aunque con un periodo de ajuste. Mi esposo seguía trabajando medio día y yo estaba en casa con toda la energía de alguien que no sabía dónde ponerla. Hubo roces. Tuvimos que conversar con franqueza sobre los espacios de cada uno, sobre qué esperaba yo de él y qué podía esperar él de mí.
En cuanto a las amistades, me di cuenta de que muchas relaciones eran de pasillo, de oficina. Algunas se diluyeron y está bien. Pero otras se profundizaron, porque por fin tuve tiempo de verlas sin mirar el reloj. Hoy tomo once cada quince días con tres amigas de toda la vida, y esas tardes valen más que cualquier premio que me hayan dado.

¿A qué se dedica hoy y qué le da sentido a sus días?
Participo en un club de adulto mayor del cerro, donde leo en voz alta los jueves. Es curioso: pasé años leyendo noticias a miles de personas y ahora leo cuentos a quince, y lo disfruto muchísimo más. También coordino un pequeño grupo de voluntariado que acompaña a vecinos que viven solos, y tengo una huerta en el patio que me enseña paciencia todos los días.
Lo más importante es que dejé de buscar un reemplazo para el noticiero. Durante mucho tiempo pensé que necesitaba algo igual de grande para sentirme valiosa. Hoy sé que el sentido se construye con cosas pequeñas y repetidas: una conversación, una tarea bien hecha, una tarde con alguien que me necesita.
¿Qué le diría a una persona que hoy siente vértigo ante su propia jubilación?
Le diría, primero, que lo que siente es normal y que no está sola. El miedo a jubilarse no significa que usted sea débil ni desagradecida; significa que está a punto de cambiar algo importante y su cuerpo se está preparando. Escúchelo con respeto.
Le diría también que no espere a estar «lista» para empezar a construir su nueva vida. Pruebe cosas pequeñas, apúntese a un taller, llame a esa amiga que dejó de ver, pida orientación. Y sobre todo, sea paciente consigo misma. Yo tardé casi un año en sentirme en paz, y hoy puedo decir, sin miedo a exagerar, que esta es una de las etapas más libres de mi vida.
Reflexión final
Lo que nos deja esta conversación
Al despedirnos, Rosario nos regaló una imagen que se queda: «Jubilarse es cambiar de orilla, no quedarse a la deriva». Su testimonio nos recuerda que la ansiedad antes y después de dejar la vida laboral no es un signo de debilidad, sino una señal de que algo importante está cambiando y necesita ser escuchado.
Hay tres ideas que atraviesan su relato: que la identidad es más amplia que un cargo, que una rutina con sentido calma el cuerpo y la mente, y que pedir ayuda y acompañarse en comunidad es un acto de valentía. Si usted está viviendo una etapa parecida, quizás esta lectura sea un buen punto de partida para conversar con alguien de confianza, o con nosotros.

